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Riccardo Specchia


…Y esto, nuestra vida, exenta de refugio público, encuentra lenguas en los árboles, libros en los arroyos corriendo, sermones en las piedras, y buenos en todo.
 
William Shakespeare
 

Estuve preparando este viaje desde hace ya algún tiempo, en busca del descubrimiento de mundos infinitos, de inmensidad verde y de un perenne estado de navegación del hombre.

Noches en la oscuridad más profunda, iluminadas por nada más que los instintos y las estrellas. Camino, pesca y caza para asimilar todos los secretos que nos depara la naturaleza, sus proteínas fortalecedoras y su existencia metafísica. Esto y más en las siguientes líneas…

…Nos dirigimos hacia las maravillas de este extraño y fascinante mundo, aquel donde nace el río Amazonas y donde todo lo que conocemos cambia completamente de significado. ¡Vengan conmigo hacia las sinuosidades de la selva más bella del planeta!

Desde hace un tiempo que no volvía a escribir. Hace tiempo que una fuerte emoción como esta no me permitía volver a abrir este espacio y contarles como me fue.

Lima, la de siempre, llena de trabajo y caos, casi me había absorbido del todo.

Es así, que aprovecho de algunos días de vacaciones para proponer a Riccardo, mi tocayo, amigo querido y colega de trabajo, que dejemos la ciudad para ir en busca del señor Luis o Lucho, un maestro y guía que desde hace varios meses me esperaba en una de las reservas amazónicas más grandes del Perú: Pacaya Samiria.

Salimos un sábado en la mañana desde Lima hacia Iquitos. Iquitos es el mayor centro de la selva peruana, fundada en 1864 en el río Amazonas y a 125 km de la confluencia de los ríos Ucayali y Marañón donde la infinita “anaconda” fluvial nace y atraviesa el continente entero llegando, hasta el Atlántico, a Macapá en Brasil. Esta ciudad es usualmente reconocida como la ciudad continental más grande no accesible por vía terrestre.

Apenas llegamos al aeropuerto, y gracias a las coordinaciones con nuestro fantástico guía y mentor, Lucho, no perdemos ni un segundo y nos lanzamos al auto para dirigirnos a la única ruta que lleva al sur hacia Nauta, un pequeño pueblo a apenas 100km de Iquitos.

Desde aquí inicia nuestra aventura, en constante navegación con una lancha privada y personalizada sólo para nosotros, dedicada a la búsqueda primordial de los equilibrios de la naturaleza.

sulla sinistra Lucho e Riccardo

El sol alto y brillante, y el calor bochornoso, son lo primero que te sorprende apenas sales del aeropuerto. Pero antes de partir a toda velocidad, lejos del enjambre infinito de mototaxis típico de Iquitos, no perdemos la oportunidad de tomar dos fresquísimos jugos de camu camu, una fruta típica de la selva, con un altísimo contenido de vitamina C.

La calle pasa por debajo de nuestros ojos. La sutil e irregular línea gris de asfalto se pierde a menudo en el horizonte conforme la verde selva se vuelve más densa y variada.

Riccardo, mi compañero de viaje, y yo, dejamos escapar una sonrisa de asombro. La sensación de ligereza que sentimos mientras nos alejamos de la multitud humana, de lo que conocemos como “civilización”, empieza a regenerarnos.

Después de casi una hora y media, llegamos a la localidad de Nauta. Un puerto importante y paso obligado a orillas del encuentro de dos ríos (Ucayali y Marañón) que alimentan constantemente el río Amazonas. Se podría decir que este puerto es el último punto de contacto, la última parada para abastecer equipajes y embarcaciones de víveres y accesorios útiles para la logística de estos días de viaje. Machetes, botas de lluvia, cocina portatil, gasolina, linternas, agua, etc. Un lugar que tiene todas las características del clásico “puerto de mar”, vivido, sucio, lleno de fragancias y olores provenientes de cada rincón de este refugio humano dentro del salvaje corazón amazónico.

En sus marcas, listos, ya… Nuestro equipo de viaje está compuesto por: Lucho, experto capitán y persona maravillosa, quien será el conductor del viaje, Clever, su grandioso ayudante quien a sus 20 años tiene una fuerza capaz de impresionar a Mike Tyson, Riccardo, amigo y colega que conocí este año pero parece que lo conozco desde siempre – un gran descubrimiento – y yo, con mis cámaras fotográficas, mi curiosidad y admiración hacia este universo de nuevos colores, luces y armonías – Luisa, a quien ya conocen de aventuras pasadas, lamentablemente no pudo acompañarme en este viaje – .

Nuestra embarcación está completa y con todos los suministros necesarios. A Riccardo y a mi, nos corresponde el espacio entre el cargamento central y la proa que nos servirá para asomarnos a contemplar y fotografiar innumerables rincones. Hacia la popa, cerca del motor, se encuentran Lucho y Clever quienes administran las reservas de la lancha, mientras doman las ondas, corrientes y pantanos de esta inmensa masa de agua que es el Marañón.

Durante cuatro días y tres noches, estaremos a merced de innumerables canales que por estos lugares son como las “autopistas de la selva”. Las únicas vías de comunicación de una civilización que vive y respeta este elemento esencial para todo lo que es vida: el agua. Ninguna conexión wi-fi, ninguna corriente eléctrica, ningún selfie o Instagram story para quien se lo pudiese preguntar. Estamos solos, y al mismo tiempo colmados de impulsos y revelaciones que se acumulan dentro de nuestra mente. Sí, justo como era antes.

Navegamos durante toda la tarde hasta llegar a una pequeña localidad flotante llamada “Libertad”, la comunidad nativa de nuestro guía. Un fascinante caserío, donde Lucho recoge las últimas provisiones y saluda a sus parientes. A “Libertad” volveremos al final de estos cuatro días de aventura para concluir nuestro recorrido, quedando sorprendidos de como todo se asemeja a “Waterworld” y del gran corazón auténtico de estas personas.

Llegamos sin un rastro de luz hasta el refugio, el cual nos ofrece un techo flotante y una clásica cama de las que se encuentran en la selva, envuelta con una red blanca a prueba de insectos o eventuales tarántulas. Todo se encuentra en extrema calma, los sonidos nocturnos de minúsculas ranas y grillos, son incesantes y armónicos. Nuestros pasos netos, sobre las vigas de madera del refugio, marcan el ritmo de esta primera noche de adaptación al repentino cambio que te agarra siempre di sorpresa cuando estás acostumbrado a la seguridad de tener una luz doméstica o la resignación del claxon de la metrópolis.

Aquí no hay nada, pero al mismo tiempo hay todo. Mi compañero de viaje y yo, reflexionamos sobre como nuestro cuerpo y nuestros sentidos se están ambientando lentamente y nos preparamos para descansar…No pasa ni un segundo y Lucho toca la puerta para proponernos nuestra primera aventura: “Vamos con la canoa, Clever y yo remamos y ustedes en el centro observan. Veamos si encontramos algún lagarto en las lagunas de acá al lado”.

Riccardo y yo no lo pensamos dos veces, y aceleradamente nos lanzamos a la canoa sin pensarlo; sin poncho impermeable y con sandalias, como si ya fuésemos del lugar y expertísimos cazadores. Una vez ya en esas aguas, colmadas de ranas de una pulgada que saltan por todos lados, sonidos extremamente extraños y arañas gigantes, nos damos cuenta que no era como estar un parque de diversiones y que la canoa en serio estaba hurgando por senderos acuáticos con una oscuridad cada vez más intensa.

Pocos versos de nuestro mago Lucho, un sonido gutural tipo: “toug toug toug” y ahí, en la inmensidad tenebrosa, detrás de algunas cañas de bambú, la cabeza de un lagarto. Nos acercamos y a estas alturas ya no sabemos hacia donde mirar, si a la araña que camina sobre nuestros pies, a la multitud de ranas sobre nuestra espalda o al sacrificio del pobre lagarto que alimentará nuestro desayuno al día siguiente.

Sin mucho tiempo para pensar en eso, notamos que Lucho ya ha capturado un gran lagarto.

Regresamos al refugio después de aproximadamente una hora de paseo en canoa entre la vida y los misterios de las aguas. Cansados, pero cada vez más anfibios, ya no nos asusta nada. Abrazamos a nuestros maestros y guías, agradecidos por esta experiencia y nos vamos por fin a descansar. Algo es seguro, nunca nos olvidaremos de esta aventura.

Comienza a llover muy fuerte. Ni bien llego a la cama, sigilo todos los rincones posibles con la inmaculada red blanca y me abandono en un sueño como no recordaba desde hace tiempo: intenso, lleno de fabulosos sueños y uno que otro fantasma que trata de asustarme o decirme algo, pero yo ya no tengo miedo y duermo de corrido hasta que me despiertan las primeras luces del alba.

El día siguiente es un crisol de colores y luces que se reflejan en cada árbol o planta de esta selva prodigiosa.  Lucho prepara el desayuno, ofreciéndonos el lagarto que cazó la noche anterior, acompañado de plátano frito, un café y pan con mermelada. ¡Perfecto! Descubrimos que el gran Lucho es también un excelente chef.

Después de una pausa y un “baño de sol”, acompañado por los melódicos sonidos de la selva. Nos embarcamos nuevamente en la canoa para explorar mejor los interminables senderos acuáticos repletos de plantas de todo tipo y nenúfares mágicos. Son de esos recorridos que siempre te llevan a contemplar una maravilla que se abre delante de tus ojos cuando menos te lo esperas.

Lucho, trae consigo dos cañas de pescar hechas de madera con una lanza amarrada en la cima. Esperamos que la canoa se detenga y que baje el nivel del agua. Normalmente, los peces buscan en estas cuencas, excavando en el lodo, algunas lombrices o microorganismos.

“¿También hay pirañas?” – dice bromeando mi amigo Riccardo -. ¡Sí!, – sentencia nuestro guía, sin dejar espacio a otros comentarios y quitándonos de inmediato esa sonrisa del rostro -.

La pesca no va tan bien, tal vez no encontramos la sintonía justa y la fortuna no está de nuestro lado. Es así que decidimos regresar al refugio para almorzar el pollo almacenado en el bolso refrigerante que está en el barco, pero Riccardo y yo no nos damos por vencidos y desde la ventana del refugio tratamos de pescar una vez más, ayudados por Clever. Riccardo tira la carnada hecha con un pequeño pedazo de pollo robado a nuestro chef y sin esperar un segundo, un gran pez la atrapa y la caña empieza a moverse sin cesar. ¡Empieza el concurso de pesca, yo no me quiero quedar atrás así que intento e intento hasta que logro atrapar dos pirañas!

La euforia es altísima, estamos felices y conscientes de nuestro trabajo en equipo. Al final logramos capturar cuatro peces y asegurarnos así el almuerzo. Una sensación indescriptible.

“lei si… sa come si pesca”.
il mio primo piranha

Ni bien terminamos el delicioso almuerzo, como siempre, acompañado por un cúmulo de arroz y plátano frito, comienza la siesta.

Una hora después, abandonamos el refugio para embarcarnos de nuevo y entrar cada vez más hacia las lagunas de la reserva, donde acamparemos en medio de la selva.

El viaje es largo, así que aprovechamos para descansar y relajarnos apoyados en las bancas laterales de la lancha. En el transcurso del viaje, nos detenemos más de una vez a observar la cantidad de especies silvestres que nos acogen durante el viaje, son tantas que incluso nuestras cámaras fotográficas “no dan más”. A la entrada de la laguna Yarina, nos encontramos con una alfombra de plantas flotantes y un arcoíris gigante que nos da la bienvenida. Parece ser la enésima magia de esta aventura perfecta. Aquí se acaban las palabras, y las miradas cada vez más entusiastas, nos acompañan en esta última gran obra.

Lucho y Clever nos dejan por algunos segundos y van a explorar la zona, en busca de un lugar adecuado para instalar la carpa. Estamos presenciando este paraíso y la lancha es nuestra. Nos parece una de estas naves espaciales, que te imaginas de pequeño con tus compañeros de juego, llenas de súper poderes y mundos intergalácticos.

La noche llega y después de mil peripecias, logramos alcanzar con nuestro barco, la zona donde vamos a acampar. El calor es húmedo y turbio, y los insectos no perdonan ni un segundo de distracción. Empieza la lluvia, algo usual en estas fechas, y aunque tratamos de no asustarnos, como siempre llega el maestro Lucho que rompe todos los esquemas, y con ellos tus miedos más profundos, y nos dice: “si quieren podemos prepararnos para un paseo nocturno aquí en los alrededores”. Como siempre, Riccardo y yo aceptamos la oferta, nuestra sed de seguir descubriendo nunca se sacia, al contrario.

Al día siguiente, Lucho nos cuenta que algunos monos curiosos paseaban de árbol en árbol al rededor de nuestra carpa. Nosotros, que ya nos sentimos veteranos y hemos asimilado el ritmo de esta selva estrepitosa, emprendemos un paseo en los sinuosos y verdes caminos de la selva tupida después de un desayuno como siempre abundante. Concluiremos este día con un almuerzo en el bote y un catártico baño en la laguna, ya sea para lavarnos, quitarnos toda la humedad, así como para sedar las picaduras de todos los insectos posibles y inimaginables.

il maestro Lucho
“alberi camminanti…”

La experiencia, está a punto de terminar. Nos espera un largo trayecto de regreso al pueblo donde empezó todo: La Libertad. Después del refrescante baño en la laguna y los diálogos intercambiados con Lucho sobre su pasado y sus vivencias, nos despedimos con un “hasta pronto” y las últimas imágenes de maravillosos paisajes de los tantos que nos deleitaron durante toda esta aventura.

Sin saberlo, Lucho nos tiene preparada una última sorpresa, y de regreso a la Libertad toma una ruta más larga, deteniéndose en un lugar místico que desemboca en la vía principal del río que te lleva al Amazonas, el Marañón.

Asistimos estupefactos a un preludio de cielo estrellado, a una cintura de Orión altísima, a una galaxia que se revela a nuestros sentidos. Riccardo y yo no podemos creer que estamos despiertos. Nos detenemos al lado de nenúfares gigantes con flores “mágicas” y súper coloridas. Todo el firmamento se ve reflejado en el espejo natural que se forma en el agua. Todo esto en una navegación. ¡Increíble!

La llegada al pueblo de La Libertad, da por terminada oficialmente la última noche en estos mundos encantados. Nos hospedamos en la humilde casa de algunos parientes de Lucho que se presentan diciéndonos: “nuestra casa es pequeña pero nuestro corazón es grande, siéntanse en su casa”. Para mis adentros pensé “todo lo contrario a pequeña si por techo tienen el cielo”.

Abrazamos a Lucho, a Clever y a su familia, con una gratitud infinita. Prometemos que volveremos a visitarlos apenas nos sea posible. Lucho me mira y me dice: “este es mi mundo Riccardo, y estoy listo para mostrarlo a todo aquel que venga aquí a buscarme”.

Nada más que decir. Respeto, admiración, sorpresa, estupor, entusiasmo, belleza, esplendor y muchas ganas de quedarnos un poco más de tiempo en este encanto llamado Amazonía.

foto_Riccardo Specchia ©
VERSIÓN EN ITALIANO

One comment on “Iquitos: una maravillosa aventura en la inmensidad de la Selva

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